
María Ester, la vecina de Buenos Aires
Para mí, casa siempre va a ser Buenos Aires. Este lugar que me vio nacer y me dio todo: mi familia, mis amigos, mi profesión. La resiliencia y la capacidad de luchar frente a las adversidades.

Para mí, casa siempre va a ser Buenos Aires. Este lugar que me vio nacer y me dio todo: mi familia, mis amigos, mi profesión. La resiliencia y la capacidad de luchar frente a las adversidades.

Las raíces traspasan fronteras y nunca desaparecen. Se quedan para siempre. Irse es alejarse por un tiempo, pero Argentina, como una vez leí, nunca se va de nosotros.

Me gustaría decir que este no es un lugar importante, que no vale nada para mí, o que no vale tanto, o que vale poco, pero estaría engañándome, mintiéndome a mí misma.

¿En dónde se aprende a ser mamá, hay una escuela que te enseña? ¿Cómo hacen las demás mamás? ¿Cómo lo haré yo?

¿Dios tiene un plan para cada uno de nosotros?, pienso, mientras la escucho, en medio de un silencio matutino que se interrumpe solo por el sonido de la radio.

Y entonces recuerdo que, aunque a veces el miedo se presente y me haga sentir acorralada, como ahora, puedo hacerle frente y no dejarme vencer.

Estaba intentando algo, no siempre segura de que fuera lo correcto, estaba soñando con ventanas y con puertas. Estaba atravesada por miedos, muchos miedos.

Sentir incertidumbre. Después pánico. Preguntarse, otras tantas veces, si viajar es lo correcto. Responderse que sí. Armar una valija. Dejar la vida en cajas.

De repente los recuerdos aparecen. Entonces el hombre que viajó por todo el mundo y que ahora conduce un taxi se emociona y se le empañan los ojos de lágrimas.

Hay que aguantar, siempre aguantar. Inhalar y exhalar. Muy fuerte, muy hondo. Como si fuera la última bocanada de aire que quedara por respirar. Hay que llorar hasta la última lágrima, hasta que de tanto llorar lo próximo sea el alivio.

Decir adiós requiere, ante todo, valentía. Te obliga a convencerte de que sólo el tiempo traerá eso que todos algún día necesitamos: alivio.