Buscar

Conversaciones ajenas: el eco de la resignación

La señora habla fuerte, con una voz gruesa, tosca. «Si estuvo tres días vivo en esas condiciones, dios debe tener algún plan para él», dice. ¿Dios tiene un plan para cada uno de nosotros?, pienso, mientras la escucho, en medio de un silencio llano y de mañana que se interrumpe solo por el sonido de la radio que ahora se escucha de fondo.

¿Tenemos que vivir para ver estas cosas?, se pregunta la mujer.
¿Tenemos que vivir para ver estas cosas?, se pregunta la mujer.

Su interlocutora se llama María. Lo sé porque repite su nombre varias veces en pocos segundos. Dice que a ese alguien que estuvo tres días vivo de milagro, vaya a saber en qué circunstancias, por obra de Dios, le explotó una vena en la cabeza y se le hizo un coágulo y ahora tienen que esperar hasta que se reabsorba. Dice, también, que debería tocarle primero a ella porque es más grande, por «anágrafe».

El paso del tiempo

Imagino que habla de su hermano, pero no lo sé. De repente se me vienen a la mente las palabras de mi mamá, que decía que no iba a poder tolerar ver morir a ninguno de sus hermanos y quizás por eso, se murió primera, aunque demasiado joven. Pienso que yo tampoco podría tolerarlo.

La señora de voz alta y gruesa, con la voz un poco ronca, un poco tosca, dice esto: «Cuando empezás a perder a todas las personas cercanas, te das cuenta que la vida no tiene sentido. Perdí a mi mamá, a mi papá y ahora esto». Y se pregunta: «¿Tenemos que vivir para ver estas cosas?»

«Cuando empezás a perder a todas las personas cercanas, te das cuenta que la vida no tiene sentido. Perdí a mi mamá, a mi papá y ahora esto»

Luego, dice que cuando sos joven no te das cuenta y pensás de tener tiempo, pero luego, cuando vas creciendo -y perdiendo también- «te das cuenta que la vida no tiene sentido». «María estoy deprimida, siento un bombardeo». María, escucha, al otro lado del teléfono, lo que la señora para decir.

La voz se siente como la de alguien que acarrea cansancio, como la de alguien que parece estar lidiando con el peso acumulado de las pérdidas. Cuenta que hace una semana está sin cocina y, por si todo eso no fuera suficiente, se le rompió algo del baño y algo del calefón. ¿Sabés los períodos en los que hay que irse a dar la bendición?, dice. Y enseguida exclama una expresión típica italiana, en la que resuena toda su resignación, angustia y desconsuelo.

¿Sabés los períodos en los que hay que irse a dar la bendición?

De nuevo repite el nombre María, pero esta vez para decirle que se tiene que bajar del colectivo y guardar su celular. «Este pie me duele después de dos años», se lamenta antes de terminar la llamada.

Hoy no hay ni un atisbo de luz ni un destello de fe para la señora de voz gruesa y tosca que viaja en el autobús de la línea 13, en Modena, Emilia Romagna. Se levanta de su asiento, que está detrás del mío, y oprime el botón para bajar. El chofer se detiene y en un instante el colectivo se queda casi en silencio.

Ya no escucha la voz alta, ni el eco de la resignación, ni tampoco el nombre de María. La señora, de cabello rubio y estatura mediana, desciende del colectivo y, mientras se aleja, el vehículo retoma su marcha. Atrás queda su presencia y lentamente su dolor se disuelve con el paso de los segundos.

Leer también: Sala de espera

Comparte el artículo

Artículos relacionados