Me gustaría decir que este no es un lugar importante, que no vale nada para mí, o que no vale tanto, o que vale poco, pero estaría engañándome, mintiéndome a mí misma.
Me gustaría enumerar otros lugares, entre los lugares más importantes de mi vida, como mi casa de Buenos Aires, la casa de mi abuela, mi casa de ahora, en Italia. Podría ser cualquier otro lugar que este, un club de infancia.

Me gustaría descifrar, por qué, muchas veces, vuelvo a este sitio que me invade de nostalgia y me transporta a otro tiempo donde éramos cinco y estábamos juntos y nos reíamos y veces no tanto y compartíamos momentos especiales en familia.
Me gustaría pensar que este espacio enorme, un terreno extenso y ancho del barrio de «Bajo Flores», aún sigue existiendo como alguna vez existió y un día voy a poder volver a caminar por sus bulevares y jugar al paddle en familia o ir a la pileta a la que íbamos todos juntos y saltar bomba con papá y bucear hasta lo más profundo y tomar sol con mamá, al lado de su reposera.
Me gustaría recordar más de lo que recuerdo de este club de barrio, el Deportivo Español, a donde pasábamos todos los fines de semana hasta que cumplí los doce, porque era un espacio libre en el que podíamos ser nosotros mismos sin tapujos, cada uno en sus diferentes versiones.
Un tiempo preciado
Me gustaría volver atrás en el tiempo para decirle a esa chica casi adolescente de doce años que alguna vez fui, que un día se arrepentiría de no querer ir más a ese club, en el que llegada cierta edad empezó a aburrirse, porque ese, aunque ella no lo supiera, era un tiempo preciado.
Me gustaría un día regresar a la Argentina y pasar de nuevo por allí y sentir la brisa del verano, como cuando era chica. Atravesar el portón blanco, que ahora quizás es de otro color, y pasar por la secretaría y luego ir hasta el bar, a donde a veces jugábamos a los juegos y nos refugiábamos los días de invierno o de lluvia.
Me gustaría atravesar la calle larga tipo pasarela que conectaba todo el club y ver si todavía existe todo lo que aún existe en mi memoria: la cancha de patín al aire libre, donde Belén practicaba sus primeros movimientos o la cancha de baby fútbol donde una vez le hice un caño a Gonzalo y todos nos reímos porque era casi una audacia que yo, una chica que no sabía ni mover una pelota, hiciera eso.
Me gustaría recorrer el quincho en el que a veces almorzábamos los domingos y después ir hasta donde estaban las canchas de tenis o de Vóley, circundadas de tantos árboles, en donde a veces en invierno se sentía el olor de las fogatas improvisadas y en donde a veces también en verano nos tirábamos en el pasto a contemplar el cielo límpido y cosas que ya no recuerdo.
Me gustaría volver una y muchas veces. Ir hasta el fondo del club, a donde había una especie de torre gigante, girar y pasar por las piletas y ver si todavía siguen ahí, la del ocho y la olímpica. Después ir hasta los juegos, al lado de las mesas, a donde hacíamos asados o comíamos sanguchitos antes o después de un chapuzón.
Me gustaría sentarme a contemplar todo lo que ya no está. Cerrar los ojos e imaginarme a mamá el día que nos llevó por primera vez hasta el club, sin saber que ese lugar quedaría tan impregnado en todos nosotros y nos perseguiría, como me persigue al menos a mí, en sueños.
Me gustaría comprobar qué siento ahora, muchos años después, desde la distancia, acerca de este lugar al que ni siquiera puedo regresar, porque ya no vivo en Buenos Aires, Argentina, y además porque el Club Deportivo Español, fundado por inmigrantes en 1950, fue comprado y dividido y ahora allí funciona también un predio de la policía federal.
Un regreso más real que un sueño
Me gustaría que el regreso fuese algo más real que un sueño, porque los sueños me interpelan desde hace años, sin querer o queriendo y me despierto aturdida, con una sensación de vacío a la que no le encuentro sentido ni respuesta, porque este lugar ya casi no existe, o existe al menos solo como lo recuerdo en mi memoria.
Este texto forma parte de la primera consigna del Mundial de Escritura XI.

