
Lo difícil de volver es irse otra vez.
Vamos camino al aeropuerto y trato de no pensar en que estoy por irme de nuevo. Llegué hace casi un mes y me toca irme otra vez. Sé que hay muchas razones por las que subirme al avión de regreso a Italia, la principal, Raffa. Del otro lado nos espera y nosotras a él.
Ahora voy sentada en el auto de mi papá, con Vida atrás. Hay una demora inusual en el tránsito que nos retrasa y nos hace llegar más tarde de lo previsto. Pensamos que era un accidente, pero en realidad son tres gatos locos haciendo una obra en la autopista a las diez de la mañana. Mi papá dice algo al respecto y yo pienso que sería mejor que hicieran estas cosas de noche.
Miro a Vida, que se despertó hace poco de una siesta, y de repente está con los ojos caídos.
—¿Estás bien, mi amor? —le pregunto, aunque ella no me puede responder.
Casi por llegar, Vida empieza a vomitar. La agarro en brazos y ella sigue vomitando. Me tiembla el cuerpo.
Bajamos del coche y la llevo hasta adentro del aeropuerto mientras se recupera, y Lily me ayuda a bajar las cosas. Voy a preguntar si hay asistencia médica en algún lugar. Hacemos el check-in. En este momento no puedo pensar demasiado.
Dejo las valijas y la llevamos a cambiar a Vida. Ella llora y pienso en cómo me voy a subir al avión. Mi papá la agarra en brazos. Estamos justos con el tiempo y ni siquiera podemos hablar demasiado.
Caminamos hasta las escaleras donde nos vamos a decir adiós, pero yo no puedo subir por ahí porque tengo el cochecito, entonces tomamos el ascensor.
Antes, algo dentro mío se rompe por completo y empiezo a llorar. Me dije a mí misma que no iba a llorar, pero no puedo. Las lágrimas me empiezan a salir a cántaros, una tras otra. No voy a disimular nada: estoy triste.
Antes, algo dentro mío se rompe por completo y empiezo a llorar. Me dije a mí misma que no iba a llorar, pero no puedo. Las lágrimas me empiezan a salir a cántaros, una tras otra. No voy a disimular nada: estoy triste.
Lo más difícil de volver es irse otra vez.
En el ascensor me seco las lágrimas como puedo. Le digo a mi papá que no llore y él dice que me quede tranquila. Está fuerte como una roca.
Agarra a Vida, agarro nuestros pasaportes, nos abrazamos fuerte y empezamos a caminar hasta donde vamos a hacer el control de seguridad. Un señor de seguridad, tipo policía, me pide la carta de embarque. La busco rápido en el celular y se la muestro. La mía y la de Vida.
Este es el momento más duro de todos: despedirse de la familia. Las primeras veces que lo hice no sé de dónde saqué las fuerzas, pero ahora no es lo mismo.
Nos saludamos a lo lejos. Le pregunto a mi cuñada cómo está y, aunque no dice mucho, yo sé que está mal. A ella también le cuesta irse.
Vamos a hacer el control de seguridad y, mientras acomodamos las cosas en los compartimentos, me largo a llorar otra vez, pero más fuerte. En Bologna, cuando me despedí de Raffa, no podía parar de llorar, y ahora tampoco.
Este es el momento más difícil de todos, aunque sé que en Italia está la mejor razón del mundo para volver.
Vamos a volar más de 12 horas en un avión y me voy a despedir de los míos, de mi idioma, de mi cultura, de mi tierra.
Y una señora de pelo canoso, muy charlatana, que está sentada al lado mío, en la fila 30C, y que vive en Florencia hace 18 años, me va a decir que lo que más extraña de Argentina es la gente y la cercanía.
—El argentino es auténtico.
El argentino que, como yo, llora de tristeza por irse. El argentino que, como yo, te dice que no te preocupes y de repente te ayuda a cambiarle el pañal a tu bebé. El argentino que hace morisquetas y te abraza con la mirada. El argentino que te cruzás al llegar a Bologna y, aunque es un completo desconocido, te ayuda a cargar las maletas mientras tu bebé rompe en una crisis de llanto. Y ahí entendés lo que quiere decir la patria, los nuestros: que, aunque estemos lejos, nos ayudamos de cerca.
Las raíces traspasan fronteras y nunca desaparecen. Se quedan para siempre.
Irse es alejarse por un tiempo, pero Argentina, como una vez leí, nunca se va de nosotros.
Nos despedimos solo hasta el próximo encuentro. Y esa es la certeza que más paz me da ahora.

