
Día 16 en Buenos Aires.
Me levanto con Vida, jugamos, toma su primera mamadera y la visto para salir a desayunar con un amigo.
Bajamos por el ascensor y nos encontramos con María Ester, la vecina de uno de los tantos departamentos que ya cruzamos hace algunos días. María Ester le habla a Vida y le dice que es hermosa.
—Es que vos sos linda —me dice después a mí, con una sonrisa.
Y le habla a Vida, que se está por dormir y aun así la observa. María Ester es una charlatana nata y habla en continuación.
—Saco una manito, la hago bailar —le canta a Vida.
Después me habla de Lorenzo, un nene de dos años que es su vecino y con el que se sacó una foto hace poco. El nene le dijo que ella es más joven que su abuela.
María Ester tiene una simpatía especial. Está hipnotizada con Vida, que la sigue con la mirada y después empieza a quejarse porque tiene sueño. Entonces María Ester me dice:
—Es que debe pensar, ¿quién será esta que me habla?
Nos despedimos y, mientras espero a mi amigo, camino por las calles del barrio de Caballito y pienso que debería escribir de todo esto, pero no tengo tiempo para hacerlo. Se me cruzan ideas en la cabeza y conecto frases que después van a desaparecer.
Pienso historias que me gustaría escribir ahora que estoy acá y veo todo con ojos de extranjera.
Ya viajé en Uber y hablé con dos conductores. Vi un poco más de Buenos Aires, a donde no volvía hace tres años. Veo personas pasar al lado mío y escucho mi propio idioma y, por momentos, me parece extraño.
Al rato me encuentro con mi amigo. Nos abrazamos, desayunamos y charlamos. Parece que el tiempo nunca hubiese pasado, pero pasó, como pasa todo en la vida.
Me gusta sentir que nada cambió desde que me fui, pero cambiaron muchas cosas.
Vamos a dar una vuelta por el parque y, a la vuelta, vemos a una señora mayor que se cayó al piso. Mi amigo la ayuda y la asiste como si fuese alguien de su familia, pero en realidad es una completa desconocida.
La señora, de pelo gris, tiene sangre en la nariz porque en la caída se lastimó con los anteojos. Hay otras personas que se acercan y la ayudan. En este momento no hay indiferencia y pienso en la cercanía de los vínculos, incluso entre desconocidos.
Argentina tiene muchas cosas difíciles, pero lo mejor es la gente.
Extraño sentirme liviana como me siento acá, donde todo me es más fácil y puedo ser yo misma. Donde aparecen historias para contar y yo las veo, y pienso en mi vocación, en el periodismo, y algo se mueve dentro mío con fuerza.
Extraño sentirme liviana como me siento acá, donde todo me es más fácil y puedo ser yo misma. Donde aparecen historias para contar y yo las veo, y pienso en mi vocación, en el periodismo, y algo se mueve dentro mío con fuerza.
Hace algunas horas vi en Instagram una publicación de una conocida que estuvo también de visita y hoy se fue. Publicó una foto del aeropuerto y una bandera de otro país y una frase que decía algo así como “vuelta a casa”.
Para mí, casa siempre va a ser en parte Buenos Aires. Este lugar que me vio nacer y me dio todo: mi familia, mis amigos, mi profesión. La resiliencia y la capacidad de luchar frente a las adversidades.
Porque el argentino lucha y siempre, incluso en las malas, se levanta. Te ayuda sin conocerte.
Como la vecina de enfrente que me vio desesperada y me dio la contraseña de su WiFi y me dijo que no me preocupara, porque entre los vecinos nos ayudamos.
Como el carnicero que me llama «genia» y me explica cómo cocinarle la carne a mi bebé.
Como el dueño de un local al que le compré un rallador y me compartió WiFi.
Como María Ester, que le habla a Vida y le dice que es hermosa.

