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Es un miércoles de agosto. La sala de espera no es grande. Hay sillones bordó, un biombo marrón y paredes de color pastel. También cuadros con diplomas dispuestos prolijamente uno al lado del otro y lámparas tenues que dan algo de luz. Al frente hay un espejo cuadrado de marco negro y más lejos una pintura minimalista que adorna el consultorio en el que atiende un equipo de dentistas y cirujanos.

Sala de espera antes de una operación.
Escucho mi respiración y me doy cuenta de que siento miedo, pero el miedo ahora no importa.

Son las tres de la tarde. Antes de subir una mujer rubia de campera deportiva y ojos azules, pregunta. «¿Vas al 1 «B»?». «Sí», le contesto. Avanzamos por unas escaleras chiquitas en círculo y espero. Abro mi anotador, leo el nombre de la doctora y me acuerdo de lo que dijo la secretaria: «Quédate tranquila que es amorosa». Entonces pienso que estoy en el lugar correcto y siento calma. Después agarro el celular y googleo una página de referencias médicas. «Lleven un libro que la espera se hace larga», escribe alguien.

Miro el título de mi libro, de Mariana Enríquez y pienso qué suerte. Después de un rato se abre una puerta blanca de madera y una voz pronuncia el apellido «Gagliardi». Me levanto y entro. «¿Estás nerviosa»?, pregunta la asistente. «No», le contesto. Pero es mentira. Estoy nerviosa. Por eso cuando agarro la hoja de consentimiento me cuesta garabatear la firma y me tiemblan las manos.

Una doctora bajita con cara de nada, que no es la doctora Paula, entra por otra puerta y sin mediar muchas palabras me pone anestesia con dos pinchazos seguidos mientras por dentro grito del dolor y se me llenan los ojos de lágrimas. «Es normal, respirá profundo».

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Una conversación

Miro el techo, veo las luces que me pegan de frente y siento las manos nerviosas apretadas entre sí. Escucho mi respiración y me doy cuenta de que tengo miedo, pero el miedo ahora no importa porque no puedo hacer nada, sólo respirar. La doctora bajita se acerca. «Vas a sentir que empujo de un lado y del otro, si te duele, me decís».

Y así, mientras empuja, corta y empuja, le pregunta a la asistente. «¿A quién vas a votar este domingo». Y así, mientras abren y limpian un poquito la sangre, dicen que todos los spot son aburridos, que les cambiaron el lugar de votación, que todo es pura propaganda y que Recalde y el kirchnerismo estuvieron en Plaza Irlanda. «Vero, pero si se robaron todo, con tantas causas, ¿vos los vas a votar?». Y Vero, la asistente que ahora sostiene la manguerita que drena, la misma que antes me pregunto si estaba «nerviosa», contesta que «no sabe». Que todos roban. Que todos siempre robaron. Y que todos siempre van a robar. «Ay Vero, Vero, Vero».

La cirujana termina de cortar y canta el arranque de una canción de Maluma. «Apenas sale el sol y tú te vas corriendo…». Pasan algunos minutos y por fin todo se termina. Los nervios, la respiración agitada y las luces blancas. Ahora lo único que me queda es esperar el dolor después de la anestesia.

Este texto fue escrito en 2018.

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