Vengo soñando con ventanas y puertas. Puertas que se abren y ventanas grandes. Una casa en la que ya estuve. Afuera hay un señor que mira al horizonte. No veo su cara, porque está de espaldas. Pero su figura me transmite paz.
La casa está sobre una colina y las ventanas aparecen unidas una al lado de la otra. Por algún motivo aparece en el sueño la casa de mi abuela. Y la veo a ella junto a mi papá. Después la encuentro a mi hermana, que habla con una mujer sobre los números y significados.

Quiero recordar el número exacto del que hablan, pero no puedo. Me despierto con una sensación de extrañeza. Son las 4.30 de la madrugada y alrededor es todo silencio y oscuridad.
Agarro el teléfono y escribo. No quiero olvidarme del hombre que creo ya haber encontrado en algún otro sueño. Tampoco de las ventanas y de las puertas. Algo deben significar.
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Aún recostada pienso en Italia y en mi vida acá. En mi cabeza se cruzan muchas cosas. A veces creo que por un ratito debería dejar de pensar.
Entonces se me viene a la mente un título de un texto de la periodista Leila Guerriero: «Dónde estaba yo cuando escribí esto».
Estaba intentando algo, no siempre segura de que fuera lo correcto, estaba soñando con ventanas, con puertas y horizontes desconocidos. Estaba atravesada por miedos, muchos miedos.

